Cuando fue capturado por la milicia fascista en diciembre de 1943, Primo Levi (1919-1987) prefirió declararse como "ciudadano italiano de raza judía" que admitir las actividades políticas por las que era sospechoso y que le habrían supuesto la tortura y probablemente la muerte.

Como judío, fue enviado a un campo de detención en Fossoli, donde se concentraban todas aquellas personas de diversas categorías que ya no eran bien recibidas en la república fascista que se acababa de crear. Dos meses más tarde, después de una inspección por parte de un pequeño pelotón de las SS alemanas, fue deportado en un tren junto con el resto de judíos para expatriarlos de la la República.

Fue entonces cuando se enteró que su destino era Auschwitz, pero por aquellos tiempos aquel nombre no tenía ningún significado, por lo que en un primer momento sintió alivio por el simple hecho de que iban a mandarle a "algún lugar en esta tierra".

Un viaje al abismo de la humanidad

De las 650 personas que partieron de Fossoli ese día, sólo tres regresarían. Sin embargo, el magnífico testimonio de Levi sobre el campo de concentración, Se questo è un uomo  (Si esto es un hombre), fue escrito inmediatamente después de retornar a Turín y publicado por primera vez hace 70 años en 1947, siendo uno de los relatos más antiguos que tenemos de un testigo directo del holocausto. Este libro está lejos de ser una descripción heroica de su "supervivencia en Auschwitz" (como insinúa el título de la traducción inglesa), aunque en cierto sentido, también lo es.

Gafas de prisioneros.

De hecho, lo que llama la atención incluso a día de hoy sobre el texto de Levi es la ausencia de un registro heroico en sus páginas, algo de lo que se podría haber aprovechado fácilmente en este contexto y que en realidad es parte de la lección que Levi nos quiere enseñar.

Con una ironía característica, pero a su vez inquietante, la palabra suerte aparece en la primera frase de su relato ("tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944...") y marca el tono del resto del libro. En el campo de concentración no es la virtud lo que determina la suerte; es la suerte la que rige la virtud.

El título original del libro de Levi es lo que realmente marca su principal preocupación, aunque se trata de algo que se suele malinterpretar. No se trata exactamente de una pregunta y mucho menos de una pregunta que requiera una respuesta. De hecho, ni tan siquiera se trata de una pregunta que se vea respondida en el texto y en ningún momento pretende serlo.

Levi, a la derecha, junto a Philip Roth.

Como sabemos por el poema que abre el texto, se debe entender que su significado en realidad es un imperativo implícito: "Considerad si es un hombre..." es una orden, una instrucción ("os encomiendo estas palabras"); algo que, por otra parte, está relacionado con una maldición:

No deja de ser una advertencia para que no echemos la vista a un lado ("Los que vivís seguros / En vuestras casas caldeadas"). Sin embargo, teniendo en cuenta que Levi también se incluye a sí mismo en este grupo, el texto funciona como una autorreprensión.

Y es que la descripción de lo que Levi llama la "vida ambigua en el campo de concentración" altera nuestra comprensión de la estructura de lo que estamos experimentando al leer el texto. Todo esto lo hace sacando a la luz la existencia de dos opuestos en la vida cotidiana que no son tan evidentes: los hundidos (i sommersi) y los salvados (i salvati).

Los que han visto a Gorgona y los que no

En Auschwitz, todas las humillaciones rituales aparecieron como si estuvieran diseñadas para acelerar el descenso del prisionero a lo que Levi denomina "el fondo". Sin embargo, dicho proceso empezó a ser mucho más rápido en el caso de los ahogados que "han seguido por la pendiente hasta el fondo, naturalmente, como los arroyos que van a dar a la mar".

Se trataba de prisioneros que, por cualquier razón (y había muchas razones) no se adaptaron al brutal régimen de la vida en el campo de concentración y su tiempo en dicho lugar acabó siendo muy breve. Sin embargo, el número de personas que encajaban en este perfil no dejaba de aumentar.

En la jerga del campo de concentración, estos eran los Muselmänner, los "musulmanes", cuya tenue existencia, incluso antes de que fueran a ser inminente seleccionados para la cámara de gas, ya se encontraba en algún punto entre la vida y la muerte, entre humanos y no humanos. Estos, según Levi, eran los que habían realmente visto todo el camino hasta la parte del fondo: los que (como relataría más adelante de forma magistral) habían conocido a la Gorgona.

Con respecto a la "masa anónima" de los ahogados, el número de los salvados, por el contrario, era escaso en comparación. Sin embargo, de ninguna manera el grupo de los salvados estaba formado por los mejores, y menos aún por los elegidos. Tener que invocar a la mano de la providencia para que le guiara en medio de tal atrocidad fue una experiencia abominable para Levi.

Precisamente es inquebrantable en este punto delicado: salvo raras excepciones, los salvados fueron aquellos que, de una manera u otra, ya sea a través de la fortuna o la astucia, habían logrado obtener una posición de privilegio en la jerarquía del campo de concentración.

Muchas veces esto implicaba la renuncia de al menos una parte del universo moral que existía fuera del campo de concentración. No se trata de juzgar a los salvados por lo que hicieron para diferenciarse de los hundidos. Como insiste Levi, palabras como bueno o malo, justo o injusto, no tardaban en dejar de tener sentido a ese lado de la alambrada.

Sin embargo, estaba convencido de que los que no habían llegado hasta el fondo no podían ser los verdaderos testigos de lo que ocurrió en los campos de concentraciones, aunque no invalida los testimonios del resto de supervivientes. Según Levi, son los salvados los que deben contar las historias de los hundidos, por y para ellos, porque en el salvado se refleja lo que vio con sus propios ojos.

"Considerad si es un hombre...": el imperativo del texto de Levi no es la idea de que uno deba seguir viendo lo humano en lo inhumano, sino más bien lo contrario: que tiene que llegar un momento en el que se experimente la parte inhumana de los humanos y que nuestra humanidad, de alguna forma, depende de esto.

Autor: Nicholas Heron, investigador y doctorando en el Instituto para los Estudios Avanzados en Humanidades de la Universidad de Queensland.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.

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